Señor Director.
¿Usted confía en las Fuerzas Armadas que tenemos? Es una pregunta incómoda, pero necesaria en un mundo cada vez más incierto, donde las tensiones internacionales ya no permiten dar por garantizada la paz en ninguna región. Más allá de la confianza, lo relevante es preguntarnos si, como país, estamos realmente preparados para enfrentar los desafíos que podrían surgir.
En Chile se habla de defensa, pero muchas veces desde un lenguaje técnico o institucional que queda lejos de la ciudadanía. Sin embargo, existen preguntas que nos deberían involucrar a todos. ¿Tenemos claridad sobre cuáles son nuestras principales amenazas? ¿Hemos reflexionado sobre los escenarios en los que estas podrían manifestarse? ¿Estamos preparando nuestras instituciones en función de esos desafíos? ¿Y contamos con los mecanismos necesarios para resguardar que nuestras Fuerzas Armadas se mantengan firmemente ancladas en los principios republicanos y democráticos, sin verse influenciadas por doctrinas ajenas a ellos?
Asimismo, resulta pertinente preguntarse si estamos formando y manteniendo un personal con el mismo sentido de vocación y compromiso que históricamente ha caracterizado a estas instituciones, o si existe el riesgo de que esas motivaciones se vean progresivamente debilitadas. En contextos prolongados de paz, ese riesgo no es menor: las exigencias pueden relajarse y, sin advertirlo, una institución que debe estar siempre preparada puede perder capacidad de reacción cuando más se le necesita.
En ese contexto más amplio, no deja de ser relevante observar el tipo de sociedad en la que hoy estamos insertos. Como han señalado algunos filósofos contemporáneos, hemos transitado desde formas de vida más estables y previsibles hacia una sociedad marcada por la inmediatez, la fragilidad de los vínculos y la pérdida de referentes duraderos. Lo que antes se sostenía en el tiempo —la palabra empeñada, los compromisos, las trayectorias— hoy parece estar sujeto a cambios permanentes. En ese escenario, la formación del carácter, la disciplina y el sentido de responsabilidad adquieren un valor aún mayor, precisamente porque ya no son rasgos predominantes en el entorno social.
En esa misma línea, surge otra inquietud relevante: ¿contamos hoy con un servicio militar acorde a las necesidades actuales, o seguimos operando bajo esquemas que no han evolucionado al mismo ritmo que la sociedad? ¿Qué ha cambiado realmente entre el servicio militar de antes y el de hoy? ¿Cómo se explica el menor interés en postular a las escuelas matrices o en optar voluntariamente por realizarlo?
Pero hay una pregunta de fondo que merece mayor reflexión. ¿Debe entenderse la modernización del servicio militar como un aumento de incentivos, o como una revisión más profunda de su exigencia, disciplina y formación? En una sociedad cada vez más marcada por la inmediatez y la falta de referentes estables, ¿no debiera el servicio militar constituirse precisamente en un espacio de mayor rigor, responsabilidad y formación del carácter?
Al mismo tiempo, cabe preguntarse si mejorar el servicio militar pasa solo por ofrecer beneficios inmediatos, o por entregar un verdadero valor agregado a quienes lo realizan. No se trata únicamente de egresar con una mejor condición física o con cursos básicos, sino de generar oportunidades reales de desarrollo, como acceso a formación técnica, continuidad de estudios o certificaciones que permitan proyectar una carrera. En ese sentido, quizá el desafío no sea solo incentivar, sino integrar de mejor forma el servicio militar al desarrollo personal y profesional de quienes lo cumplen.
En esa misma lógica, cabe preguntarse también por el rol de las reservas. ¿Conocemos realmente su función? ¿Estamos aprovechando adecuadamente el potencial de los reservistas como parte del sistema de defensa del país?
Existe, además, una idea ampliamente compartida en el ámbito social: las Fuerzas Armadas no son ajenas a la sociedad, sino que forman parte de ella y, en muchos sentidos, la reflejan. Están presentes a lo largo de todo el territorio nacional y sus integrantes provienen de los más diversos contextos. Si esto es así, cabe preguntarse en qué medida los cambios que experimenta la sociedad —en sus valores, conductas y niveles de exigencia— también se manifiestan al interior de estas instituciones.
Otro aspecto que merece reflexión es el de la disciplina. En una sociedad cada vez más expuesta a conductas poco éticas y a la pérdida de referentes, ¿se están manteniendo los estándares de exigencia que la función militar requiere, o debieran estos reforzarse con mayor claridad?
También resulta legítimo preguntarse si las distintas ramas de las Fuerzas Armadas están operando de manera efectivamente integrada, o si continúan funcionando, en la práctica, como estructuras separadas. En ese mismo sentido, ¿las decisiones sobre equipamiento, planificación y desarrollo de capacidades responden a una visión de largo plazo, o están condicionadas por necesidades más inmediatas?
Finalmente, cabe reflexionar sobre la conducción de la defensa. ¿Se están priorizando criterios técnicos y profesionales en la toma de decisiones? ¿Existe una política de defensa coherente y sostenida en el tiempo, o esta tiende a variar según las autoridades de turno?
Estas preguntas no buscan instalar desconfianza, sino promover una reflexión necesaria. Porque, en definitiva, se trata de cómo un país se organiza para resguardar su seguridad y proyectar su estabilidad en el tiempo. Y, en medio de estas interrogantes, surge una última reflexión que no deja de ser relevante: ¿por qué, pese a todas estas dudas, nuestras Fuerzas Armadas, Carabineros, Bomberos y otras instituciones similares mantienen altos niveles de confianza ciudadana en comparación con otras instituciones del país?
Abrir este debate de manera transparente no debiera ser motivo de inquietud, sino una señal de responsabilidad y madurez. La deliberación pública no debiera ser evitada, sino promovida. Como ciudadanos, compartimos un espacio común que nos obliga a participar con responsabilidad, especialmente en aquellos temas que comprometen el futuro del país. Más allá de nuestras diferencias, existen mínimos éticos que nos permiten convivir y dialogar en la esfera pública. En ese marco, opinar con respeto y fundamento no solo es un derecho, sino también una responsabilidad. Escuchar esas voces, diversas pero necesarias, contribuye a fortalecer una conversación que no puede quedar restringida a unos pocos.
Christian Slater E.
Coronel (R) del Ejército de Chile.
Mg. Ciencias Militares.











