CUANDO LA CRÍTICA PIERDE PROPORCIÓN.

Señor Director:

En los últimos días hemos asistido a una verdadera omnipresencia del rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, en distintos medios de comunicación y, particularmente, en El Mercurio. Un par de sus últimas columnas han vuelto a centrarse en el Presidente electo, no tanto en el examen detallado de sus políticas públicas, sino en sus gestos, en su simbología, en su relación con su esposa y en lo que el columnista denomina su “verdadero yo”.

La crítica política es legítima y necesaria en una democracia. Nadie podría razonablemente sostener lo contrario. Pero la pregunta que surge es otra: ¿cuándo la crítica deja de iluminar y comienza a desproporcionarse? ¿Cuándo el análisis abandona el terreno de las ideas, de las instituciones y de los límites del poder, para internarse en la interpretación psicológica o en la teatralización de lo anecdótico?

Llama la atención que, tras un resultado electoral contundente, el foco no se haya desplazado hacia la evaluación de los desafíos institucionales que enfrentará el nuevo gobierno, sino que continúe orbitando en torno a gestos personales y advertencias preventivas sobre eventuales tentaciones autoritarias aún inexistentes. La crítica es indispensable; la caricaturización psicológica, en cambio, suele revelar más ansiedad interpretativa que profundidad analítica. La filosofía política no nació para escrutar manos entrelazadas, sino para examinar estructuras de poder, responsabilidades públicas y consecuencias de las decisiones.

Los grandes filósofos de la antigüedad reflexionaban sobre la virtud, la prudencia y el bien común. Aristóteles entendía la política como el arte de ordenar la comunidad hacia una vida buena, no como un ejercicio de ironía sobre los ademanes del gobernante. Incluso en el siglo XX, Max Weber, al distinguir entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad, centró su preocupación en las consecuencias del poder y en la tensión entre principios y realidad. El debate serio siempre ha sido institucional, no doméstico.

Hoy, además, contamos con diagnósticos contemporáneos que enriquecen el análisis ético. Zygmunt Bauman, al describir la “modernidad líquida”, advierte sobre la fragilidad de los vínculos y la inestabilidad de nuestras identidades; Adela Cortina, al desarrollar la ética pública y denunciar la aporofobia, sitúa la discusión en la dignidad humana y la justicia institucional; Byung-Chul Han analiza la sociedad del rendimiento y el agotamiento moral que produce la autoexplotación permanente. Ninguno de ellos convierte la gestualidad conyugal en categoría filosófica. La ética, en su tradición más rigurosa, examina estructuras, responsabilidades y consecuencias; no caricaturas.

Mientras tanto, buena parte de los chilenos —en Maipú, en Puente Alto, en Antofagasta o en Valdivia— está más preocupada de no sufrir una encerrona al regresar del trabajo, de que el automóvil que compró con años de esfuerzo no aparezca desmantelado al día siguiente, de que sus hijos puedan estudiar en paz y de que el país recupere seguridad, empleo y estabilidad. Para ese chileno común y corriente, que no revisa páginas sociales ni sigue cada columna dominical, el debate sobre si un Presidente camina o no tomado de la mano de su esposa difícilmente figura entre sus prioridades urgentes.

Es legítimo discutir si la política es también una batalla cultural. Es legítimo analizar el papel de la familia, del Estado, de la educación y de la libertad en una sociedad plural. Lo que resulta menos convincente es sugerir que toda apelación a valores tradicionales constituye una amenaza latente al pluralismo, como si la diversidad solo pudiera existir bajo una única matriz cultural.

Tal vez el verdadero desafío intelectual del momento no consista en intensificar el diagnóstico de amenaza, sino en aceptar que una mayoría ciudadana ha optado por un proyecto distinto del que ciertos círculos consideraban inevitable. Las elecciones no solo designan autoridades; también corrigen narrativas. Y cuando una narrativa no coincide con el veredicto de las urnas, el deber intelectual no es insistir en la sospecha permanente, sino revisar el propio marco interpretativo.

En una democracia madura, la libertad de crítica es un pilar esencial. Pero también lo es la disposición a fortalecer la institucionalidad de un gobierno elegido por la ciudadanía. No se trata de adhesión ni de obsecuencia; se trata de proporcionalidad, responsabilidad y sentido de Estado.

La libertad de crítica es un pilar democrático; la disposición a contribuir a la estabilidad institucional de un gobierno legítimamente elegido debería serlo también.

 

Christian Slater E.

Mg. Ciencias Militares.

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