¡QUE VIVAN LOS COMUNISTAS Y LOS FACHOS!

Hoy, mientras avanzaba por Santiago, vi las cabinas del nuevo teleférico desplazándose sobre la ciudad en su etapa de pruebas. Abajo seguíamos entre automóviles, edificios y esa cordillera que muchas veces ya ni miramos. No sé muy bien por qué, pero aquella escena me produjo algo que hace tiempo no sentía con tanta claridad frente a una obra pública: esperanza. Me imaginé esas cabinas llenas de familias, trabajadores, estudiantes y niños, personas que pensarán y votarán distinto, pero que viajarán juntas sin preguntarse si quien está sentado al lado es comunista, facho, de izquierda o de derecha. Y pensé que quizás llevamos demasiado tiempo mirando el Chile equivocado.

Porque mientras discutimos existe otro Chile que trabaja, construye, invierte, estudia, emprende, combate el crimen e intenta recuperar el crecimiento. Fue mirando esas cabinas cuando se me ocurrió una provocación: ¡que vivan los comunistas y los fachos!

 

No hablo de los extremos ni de quienes justifican la violencia. Hablo de tantos chilenos a quienes encerramos cómodamente bajo alguna de esas etiquetas. Algunos se acercaron a ideas comunistas porque conocieron pobreza, abuso o injusticias y creen sinceramente que una sociedad mejor necesita mayor igualdad. Puedo discrepar profundamente de sus respuestas sin considerarlos menos patriotas. Otros son llamados fachos porque exigen orden, defienden la propiedad y no olvidan la violencia de 2019: incendios, saqueos, estaciones y carros del Metro destruidos, buses quemados, ataques con bombas incendiarias a Carabineros, monumentos vandalizados, La Moneda amenazada, sectores de Santiago bajo el temor de turbas y saqueos, una violencia de tal magnitud que llevó al Estado a decretar la emergencia y desplegar a las Fuerzas Armadas, e incluso la representación pública del Presidente de la República bajo una guillotina. Rechazar aquello tampoco convierte a nadie en extremista.

 

Hace poco escribí en mi blog El Deber Ser sobre el whataboutism: la evasión que empobrece el debate público, esa costumbre de no responder, sino de contestar con las culpas del otro. Si alguien habla de Allende, aparece Pinochet; si habla de Pinochet, aparece Allende. Si unos hablan de reconciliación, otros responden sin perdón ni olvido; si unos reclaman justicia, otros hablan de venganza; si aparecen los detenidos desaparecidos, alguien responde con los presos políticos. Seguimos atrapados en las mismas veredas desde las cuales, hace más de cincuenta años, los chilenos no fuimos capaces de resolver nuestras diferencias.

 

Por todo lo que aquello significó y por las equivocaciones de las cuales, de una u otra manera, debemos hacernos responsables como sociedad, creo que ya es tiempo de buscar reconciliación. El problema es que aquellas trincheras continúan siendo demasiado útiles para una parte de nuestra clase política. Mantener un enemigo, un resentimiento y una división permite conservar adhesiones, protagonismo y poder. Esa es la mala política: la que necesita que sigamos enfrentados porque encuentra en nuestras diferencias una razón para seguir siendo indispensable.

 

A mí me interesa poco quién pensó, licitó o inició el teleférico que vi hoy. Me interesa que funcione. Lo mismo ocurre con el Puente Chacao, las líneas del Metro, los trenes, hospitales, carreteras o cualquier proyecto capaz de mejorar la vida de las personas. Chile no puede comenzar nuevamente cada cuatro años.

 

Por eso quiero que al actual gobierno le vaya bien. Quiero que consiga destrabar inversiones sin renunciar a las regulaciones necesarias, abrir mercados, fortalecer las relaciones con nuestros vecinos, enfrentar con seriedad los problemas de Codelco, combatir al crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo, recuperar seguridad, generar empleo y hacer crecer nuevamente nuestra economía. Y quiero que saque adelante su propuesta de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social, porque siempre he creído que reconstruir no consiste solamente en reparar lo destruido, sino también en aprovechar la oportunidad para volver a levantar, invertir, crecer y mirar hacia adelante. El proyecto ha obligado además a mostrar con bastante claridad dónde están las prioridades de cada cual: mientras unos pueden legítimamente discutir sus mecanismos, cuesta entender a quienes parecen anteponer la conveniencia de sus partidos, sus pequeñas trincheras o su propia supervivencia política a cualquier posibilidad de que Chile vuelva a crecer. Si algo comenzó antes, que este gobierno lo continúe; si estaba detenido, que lo destrabe; si está mal, que lo corrija; y si funciona, que lo profundice. Nunca he entendido a quienes necesitan que un gobierno fracase para demostrar después que tenían razón, porque cuando un gobierno fracasa no pierde un partido político: termina pagando Chile.

 

Quizás por eso me molesta tanto cierto pesimismo profesional instalado en nuestra conversación pública. Hay reconocidos comentaristas y analistas que han construido prestigio, audiencia, rating y finalmente un negocio alrededor de la crítica permanente. La crítica es indispensable, pero otra cosa es necesitar encontrar una falla detrás de cada avance, una sospecha detrás de cada buena noticia y una intención oscura detrás de cualquier proyecto. Mantener a una audiencia permanentemente indignada puede ser rentable; convencer a una sociedad de que nada funciona, nadie merece confianza y cualquier esperanza es ingenua resulta bastante más dañino.

 

Después de tantos años de elecciones, plebiscitos, campañas y enfrentamientos, quizás Chile necesita simplemente volver a trabajar, crecer y construir. Aquel teleférico me hizo pensar por algunos minutos menos en el país que discute sobre quién tuvo razón hace cincuenta años y más en el país que todavía puede construir pensando en los próximos cincuenta.

 

Y si los comunistas y los fachos de los que hablo son aquellos ciudadanos que trabajan, estudian, producen, emprenden, crían hijos, quieren vivir seguros y todavía creen que Chile puede ser mejor, entonces bienvenidos sean todos. Tal vez llegó el momento de mirar menos la etiqueta de quien rema a nuestro lado y preocuparnos mucho más de volver a remar en la misma dirección.

 

Christian Slater E.

MG Ciencias Militares

De mis apuntes de Ética

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