APUESTAS ON LINE: SUBTEL ORDENA BLOQUEO A 42 SITIOS

La Subsecretaría de Telecomunicaciones (Subtel) oficializó una de las medidas más drásticas adoptadas hasta la fecha contra la industria del juego digital en el país, instruyendo el bloqueo masivo de plataformas de apuestas que operan al margen de la ley. Entre ellas están: betano, coolbet, 1xbet, chile.1xbet, betsson de las 42 llamadas a bloquear en las próximas 40 horas.

La notificación fue enviada de manera formal a las principales empresas proveedoras de acceso a Internet, marcando un punto de inflexión en la regulación del ecosistema digital chileno.

La instrucción gubernamental exige el cese de acceso a un total de 42 URLs iniciales identificadas por la Superintendencia de Casinos de Juego (SCJ). Esta acción se ejecuta en estricto cumplimiento de los dictámenes emitidos tanto por la Corte Suprema como por la Corte de Apelaciones de Santiago, tribunales que han zanjado la ilegalidad de estas operaciones ante la falta de habilitación legal correspondiente.

El mandato recae directamente sobre las principales compañías de telecomunicaciones del mercado nacional, un grupo que incluye a Entel, Movistar, Claro, GTD, WOM y VTR. Para la ejecución de este mandato, las empresas disponen de un plazo perentorio de apenas 48 horas desde la recepción del oficio oficial emitido por el regulador sectorial.

RECURSOS DE PROTECCION

La génesis de este proceso judicial se remonta a los recursos de protección interpuestos por Lotería de Concepción. La entidad argumentó con éxito la competencia desleal y la infracción normativa que representan estas plataformas internacionales y locales que operan sin someterse al marco regulatorio financiero y de control fiscal vigente.

En el plano estrictamente técnico, el mecanismo seleccionado para materializar la sanción es el bloqueo mediante el Sistema de Nombres de Dominio (DNS). Este procedimiento fue respaldado por la Subtel y validado por los tribunales por considerarlo la alternativa más idónea para proteger la neutralidad de la red y la privacidad de los usuarios.

Asimismo, las autoridades destacaron que este sistema de filtrado minimiza de manera considerable el riesgo de interferir con servicios digitales lícitos o de afectar la conectividad general de la ciudadanía. La subsecretaria de Telecomunicaciones, Romina Garrido, enfatizó que la medida busca resguardar la seguridad digital mediante una solución coordinada y eficiente.

El circuito administrativo previo a cada bloqueo involucra una rigurosa coordinación interinstitucional. En primer lugar, los recurrentes recopilan los dominios, subdominios y portales espejo, antecedentes que posteriormente son validados y certificados por la Superintendencia de Casinos de Juego para confirmar su carácter clandestino.

BLOQUEO INLCUYE POSIBLES NUEVOS DOMINIOS

Una vez completada dicha validación, la Subtel emite la orden de bloqueo a los operadores de internet y exige que estos informen la hora exacta de la interrupción. Las empresas proveedoras tienen la obligación legal de acreditar el cumplimiento de la orden directamente ante la Corte de Apelaciones de Santiago bajo apercibimiento judicial.

Dada la naturaleza sumamente dinámica y cambiante de la industria tecnológica, el paquete inicial de 42 dominios no constituye un límite definitivo. El procedimiento administrativo ha sido diseñado para aplicarse de forma sucesiva a nuevos sitios, subdominios o plataformas espejo que surjan posteriormente y que cuenten con la validación de la SCJ.

Finalmente, el marco normativo contempla mecanismos de resguardo y corrección ante eventuales errores de identificación técnica que pudieran perjudicar sitios web legítimos. Con este paso, el Estado chileno endurece su postura regulatoria, cerrando espacios a un mercado de apuestas online que durante años ha operado en un vacío legal.




Universidad Bernardo O’Higgins: donde las oportunidades tienen rostro

Señor Director:

A 36 años de su fundación, las cifras muestran una universidad que ha crecido; sus estudiantes, profesores y funcionarios permiten comprender la dimensión humana de esa transformación.

Una reciente entrevista publicada por La Tercera al rector de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO), Claudio Ruff, entrega antecedentes que permiten dimensionar cuánto puede transformarse una institución universitaria en poco más de una generación. La UBO acaba de cumplir 36 años y, entre las cifras que menciona su rector, hay algunas especialmente llamativas: cuando asumió en 2011, la universidad contaba con apenas dos académicos con doctorado y hoy son cerca de 300; en ese mismo período, mientras la cantidad de estudiantes aproximadamente se duplicó, el patrimonio institucional se multiplicó por cinco. A ello se agregan el desarrollo de la investigación, la internacionalización, el fortalecimiento académico y una creciente preocupación por la empleabilidad de sus egresados, todos antecedentes que permiten apreciar una evolución institucional que va bastante más allá del crecimiento de la matrícula.

 

Mientras leía aquella entrevista pensé inevitablemente en lo que uno observa desde otro lugar de la universidad: la sala de clases. Hace pocos días llegué a la UBO alrededor de las 8:15 de la mañana. Mi clase comenzaba a las 8:30 y ya había dos alumnas esperando. Una estaba sentada al fondo, visiblemente cansada; la otra aprovechaba esos minutos frente a un pequeño computador. Les pregunté por qué habían llegado tan temprano y sus respuestas me hicieron recordar algo que los profesores nunca debiéramos olvidar. Una venía desde El Quisco y la otra desde Melipilla. Esta última se levantaba aproximadamente a las cinco de la mañana, la acercaban en automóvil hasta donde podía tomar un bus, luego debía continuar hasta el Metro y desde allí completar su recorrido hacia la universidad. Cuando a las 8:30 comienza la clase, el profesor ve a una estudiante sentada frente a él, pero muchas veces desconoce las horas de viaje, el cansancio y el esfuerzo que existieron antes de que esa joven cruzara la puerta de la sala.

 

El semestre pasado viví una experiencia parecida. Una alumna se quedaba dormida con cierta frecuencia durante la clase y habría sido muy fácil concluir que tenía poco interés, que no descansaba lo suficiente por irresponsabilidad o que simplemente no estaba comprometida. Preferí conversar con ella al término de una jornada y preguntarle qué ocurría. Sus amigas quisieron acompañarla y, naturalmente, no había inconveniente. Entonces me explicó que trabajaba en un restaurante y lavaba platos hasta tarde, por lo que algunas mañanas llegaba a clases después de haber dormido apenas unas horas. Situaciones como esas enseñan también al profesor, porque nos recuerdan que vemos al estudiante desde el momento en que entra a nuestra sala, mientras su vida comenzó varias horas antes y puede incluir trabajo, largos desplazamientos, responsabilidades familiares o dificultades que desconocemos completamente.

 

Estas historias adquieren especial significado cuando hablamos de gratuidad. El apoyo del Estado ha permitido que miles de jóvenes puedan acceder a la educación superior sin que la situación económica de sus familias constituya la barrera que fue para generaciones anteriores, pero gratuidad nunca ha significado ausencia de esfuerzo. Hay estudiantes que recorren decenas de kilómetros todos los días, combinan distintos medios de transporte, trabajan después de clases, ayudan a sus familias o comienzan su jornada cuando todavía está oscuro. El Estado contribuye financiando esa oportunidad con recursos que provienen del conjunto de la sociedad, incluidas naturalmente las propias familias de estos jóvenes, mientras cada estudiante aporta algo que ninguna política pública puede reemplazar: perseverancia, responsabilidad y la voluntad de aprovechar una posibilidad que puede modificar profundamente su futuro.

 

Hace algunas semanas tuve también la oportunidad de conversar en el programa Voces de Mando de El Periodista TV con el vicerrector de la Universidad Bernardo O’Higgins, Jorge Arias. Durante esa conversación apareció un antecedente que adquiere un significado especial cuando uno conoce historias como las de estos estudiantes: antes de ocupar una de las principales responsabilidades académicas de la institución, Arias fue alumno de la misma universidad. No se trata de presentar esa trayectoria como una medida de éxito aplicable a todos ni de suponer que cada estudiante debe aspirar a recorrer un camino semejante, sino de recordar hasta dónde puede proyectarse una oportunidad educacional cuando se combina con esfuerzo, formación y desarrollo profesional. Para quienes hacemos clases constituye además una buena advertencia: nunca sabemos realmente hasta dónde puede llegar la persona que hoy está sentada frente a nosotros.

 

En aquella conversación hablamos de pensamiento crítico, responsabilidad social, formación ética, inteligencia artificial y de los desafíos que enfrentarán las nuevas generaciones de profesionales. También abordamos el ideario de Bernardo O’Higgins, quien da nombre a la universidad, y la vigencia que mantienen valores asociados a su figura como la educación, el servicio, la responsabilidad y la preocupación por el país. Son temas que complementan muy bien la evolución descrita por Claudio Ruff, porque el crecimiento patrimonial, la incorporación de académicos con doctorado, el desarrollo de la investigación, la internacionalización y el fortalecimiento de las capacidades institucionales muestran una universidad que ha ido ampliando las condiciones necesarias para enseñar, investigar y formar profesionales preparados para un mundo que está cambiando a enorme velocidad.

 

Con el paso de estos meses he ido descubriendo, además, que esa universidad no se conoce solamente conversando con sus autoridades ni observando sus estadísticas. Como profesor la encuentro todos los días en situaciones bastante más sencillas: en mi coordinadora académica de Responsabilidad Social Universitaria, que orienta, acompaña y ayuda a resolver las dudas propias de quien debe ir conociendo una institución desde dentro; y también en una persona que, casi como un ángel que se cruzó en mi camino, me ayudó desde el primer momento a resolver un trámite que debo realizar ante el Servicio de Impuestos Internos y que, hasta hoy, todos los meses se sienta conmigo, me orienta, me corrige y me ayuda a hacer bien algo que todavía no logro resolver completamente solo. Puede parecer una situación menor, pero es justamente en esas ayudas entregadas con paciencia y buena disposición donde uno comienza también a percibir el carácter humano de una institución.

 

Esa misma disposición la encuentro en la persona que desde muy temprano abre una sala, enciende las luces y pone en funcionamiento la calefacción antes de que lleguen alumnos y profesores; en el joven de la sala de profesores que registra nuestra presencia y siempre responde con buena disposición; en el guardia que cada mañana recibe, pregunta, orienta y, con el paso del tiempo, comienza también a reconocer a quienes llegamos regularmente a hacer clases. Son funciones distintas, algunas más visibles que otras, pero todas contribuyen a que la actividad académica pueda desarrollarse con normalidad y a que quienes llegamos a trabajar a la universidad vayamos reconociendo rostros, costumbres y personas que terminan haciendo más cercana una institución que, al comienzo, naturalmente resulta desconocida.

 

También la he encontrado en profesores con más experiencia dentro de la universidad, algunos conocidos simplemente en una conversación de pocos minutos en la sala de profesores o al cruzarnos en un pasillo, que espontáneamente ayudan a resolver aquellas cosas que para quien recién se incorpora pueden parecer más difíciles de lo que realmente son. Así he aprendido mejor a manejar la intranet, a comprender procedimientos internos y a aprovechar el Aula Virtual, una plataforma que personalmente me ha sorprendido por su calidad, organización y utilidad para el trabajo docente. Nada de aquello constituye una hazaña extraordinaria, pero precisamente por eso resulta importante: una institución también se construye con personas que están dispuestas a detenerse algunos minutos para orientar a otro y permitir que haga mejor su trabajo.

 

En estos meses esa sensación de comunidad me deparó incluso una sorpresa personal que no esperaba: reencontrarme dentro de la universidad con una joven sobrina que trabaja allí y a quien fue una enorme alegría volver a ver. Puede parecer un detalle ajeno a una reflexión sobre educación superior, pero para mí terminó sumándose a una experiencia que se ha ido construyendo con muchas pequeñas situaciones, encuentros y conversaciones. Una universidad puede tener miles de estudiantes, cientos de académicos, investigadores, funcionarios y autoridades, pero para quien llega a ella por primera vez esa gran estructura comienza a adquirir rostro cuando reconoce personas, aprende sus nombres, recibe una orientación, encuentra cooperación y poco a poco deja de sentirse simplemente alguien que viene a impartir una clase para empezar a sentirse parte de una comunidad.

 

Tal vez por eso, cuando se habla del ideario de Bernardo O’Higgins y de valores como el servicio, la responsabilidad o la preocupación por los demás, no es necesario buscarlos únicamente en grandes declaraciones institucionales. También pueden reconocerse en conductas mucho más cotidianas: en quien llega temprano para que una sala esté preparada, en quien ayuda a un profesor a resolver un trámite, en quien explica una plataforma a un colega, en quien acompaña a un estudiante con dificultades o simplemente en quien recibe con amabilidad a otra persona. Quizás sea en esas expresiones sencillas donde aquello que podríamos llamar un espíritu o’higginiano deja de ser solamente una referencia histórica y comienza a percibirse, discretamente, en los pasillos de una universidad que lleva su nombre.

 

Mirados desde esa perspectiva, los 36 años de la Universidad Bernardo O’Higgins pueden contarse de varias maneras. Las cifras que entrega Claudio Ruff muestran cuánto ha crecido y se ha transformado institucionalmente; la trayectoria de Jorge Arias demuestra una de las múltiples posibilidades que puede abrir la educación a lo largo de una vida; y las historias de quienes se levantan a las cinco de la mañana para viajar desde Melipilla, llegan desde El Quisco o trabajan hasta tarde lavando platos antes de volver a clases muestran cuánto esfuerzo humano existe detrás de una matrícula universitaria. Junto a ellos están los profesores, coordinadores, administrativos, auxiliares, personal de seguridad y tantas otras personas cuyos nombres probablemente nunca aparecerán en un ranking, pero cuyo trabajo cotidiano permite que todas esas cifras, proyectos y propósitos institucionales puedan hacerse realidad.

 

En tiempos de inteligencia artificial y de transformaciones tecnológicas aceleradas, las universidades necesariamente deberán seguir desarrollando investigación, infraestructura, capacidades académicas, internacionalización y nuevas herramientas de enseñanza. La experiencia cotidiana muestra al mismo tiempo que esos avances pueden convivir perfectamente con algo profundamente humano: conocer a las personas, comprender las distintas realidades desde las cuales llegan, exigir cuando corresponde, orientar cuando es necesario y ofrecer oportunidades para que cada uno pueda desarrollar aquello que es capaz de llegar a ser. Quizás sea precisamente en ese encuentro entre crecimiento institucional, calidad académica, esfuerzo personal, servicio y comunidad donde mejor se comprende por qué, en la Universidad Bernardo O’Higgins, las oportunidades tienen rostro.

 

Christian Slater E.

Docente de pregrado, Universidad Bernardo O’Higgins (UBO).

Responsabilidad Social Universitaria.